El Cántaro Roto

En un pequeño pueblo holandés, el juez rural amanece con serias magulladuras, causadas por la prohibida incursión en el cuarto de una muchacha la noche anterior, que le provocó también la pérdida de su peluca ceremonial. Explica los daños de la mejor manera que puede al escribano que lo interroga y que viene a avisarle el inminente arribo de una autoridad judicial, en visita de inspección de los tribunales pueblerinos. Llegado este, se presenta ante el juzgado una indignada madre, acompañada de su hija, y el novio de ésta junto a su padre. La madre viene a entablar querella contra el joven, al que descubrió en el cuarto de la muchacha la noche anterior, por el doble hallazgo hecho, esa misma noche, del destrozo de un cántaro de loza que ella valoraba muy en alto, y de la presencia inopinada del novio en el dormitorio de la niña, que ha dejado gravemente en entredicho el buen nombre de su hija. Naturalmente, la señora acusa al muchachón del estropicio. La averiguación del caso, que debe conducir el juez, se desarrolla en presencia del ministro visitador. La joven se ve forzada a guardar silencio o dar respuestas inconducentes debido a la aviesa mentira de que la ha hecho víctima el juez: su amado ha sido convocado a la milicia para partir a las Indias Orientales, donde lo espera una muerte casi segura; para librarlo, le ha ofrecido pergeñar un falso certificado médico, y con esta excusa la ha visitado en su casa la noche anterior y con pretextos y ardides ha forzado el ingreso en su recámara a la busca de una retribución sexual. Las increpaciones cruzadas entre los litigantes suben de tono, el compromiso de los jóvenes parece inevitablemente condenado al rompimiento, debido a las sospechas que rodean al incidente. Las confusiones se suceden, mientras el juez se esfuerza denodadamente por desviar u ocultar toda evidencia que pudiese inculparlo, buscando cerrar el caso de la manera más expedita y menos regular. Por cierto, sus esfuerzos, cada vez más notorios, despiertan las sospechas del ministro visitador, secundadas por las insinuaciones del escribano, que desde un comienzo ha mirado con desconfianza las declaraciones y la conducta del juez, y empieza a ver en la posible revelación de su culpa la oportunidad para su propio ascenso. Con todo, las confusiones, que apuntan en direcciones equívocas, y las propias formalidades del juicio, tienden a escamotear lo que de manera cada vez más acentuada parece ser la más palmaria de las evidencias. Y así es, hasta que la declaración de una testigo, que según la madre debiera aportar la prueba decisiva en contra del novio, da por resultado, con el respaldo insidioso del escribano, la identificación inexorable del miserable hechor y su consiguiente y vergonzosa fuga. Los amantes se reconcilian bajo la protección paternal del ministro, pero la madre no se da por satisfecha y anuncia su presentación ante el alto tribunal de la ciudad a fin de obtener justicia para su destrozado cántaro.
En su versión original, la acción transcurre en un pueblo holandés cerca de Utrecht. Escena única es la sala del tribunal; la acción se desenvuelve en tiempo real.

Créditos

ELENCO:
Andrés Céspedes, Jaime Vadell, Aldo Parodi, Roxana Campos, Manuela Oyarzún, Iván Parra, Francisca Gavilán, Diego Barrios, Jimmy Fredes y Cristián Nuñez.

MÚSICOS:
Felicia Morales (cello), Pablo Demangel (charango), Jorge Gallardo (acordeón).

DIRECCIÓN:
Francisco Pérez Bannen

CO-DIRECCIÓN:
Manuela Oyarzún

PRODUCCIÓN EJECUTIVA:
Francisca Babul

TRADUCCIÓN:
Pablo Oyarzún

ADAPTACIÓN:
Mapamundi Teatro

COMPOSICIÓN MUSICAL:
Esteban Oyarzún

ASISTENCIA DE DIRECCIÓN:
Luis Riveros

CONCEPTO ESTÉTICO:
Nury González

DISEÑO ESCENOGRAFÍA Y VESTUARIO:
Julio Munizaga

REALIZACIÓN ESCENOGRÁFICA:
Esteban Romo

DISEÑO ILUMINACIÓN:
Fernando Briones

FOTOGRAFÍA:
Cristián Matta

GRÁFICA:
Javier Pañella

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